viernes, noviembre 3

Agendarte n° 103 año II

IGNACIO ITURRIA
Texto del catálogo de la exposición
OLGA LARNAUDIE


¡Que viva la pintura!
(sobre cualquier soporte)
¡Que viva la vida! llamó Ignacio Iturria a la serie que mostró en Ciudad de México, en el Museo José Luis Cuevas, en 1974.
“Dentro del mundo práctico de la pintura el pintor vive cantidad de aventuras y se relaciona de forma particular con sus elementos de trabajo. Hay espátulas entrañables que se van desgastando hasta casi perder todo grosor; un día se quiebran y se podría decir que es casi un día de luto... Todo ese mundo lleva a pensar que esos tubos de óleo o acrílico que llegaron tan pulcros y elegantes van siendo manoseados y apretados hasta que sueltan todo su contenido, como si hubieran parido. Hace tiempo, usted sabe, que siento la necesidad de poner directamente la pintura, tal cual, sobre la tela...” escribió entonces a su marchand Miguel Kehayoglu, en carta reproducida en el catálogo de esa muestra.
Que Iturria ha sido ante todo un pintor, no cabe duda, aunque haya pasado para ello en muchas ocasiones del plano al espacio, y dado – o permitido dar- a sus propuestas la formalización de instalaciones. Cuando llegué al gran espacio en donde su hermano Pablo cuida de una parte sus obras, hacía meses ya que Ignacio se había ido a trabajar por un tiempo en Cadaqués. No alcancé siquiera a hablar con él antes de su partida; cuando me puse a pensar en esta muestra él estaba con gripe y se iba un par de días después. Fue a través de su esposa Claudia que nos pusimos de acuerdo en descartar algo parecido a una retrospectiva; mi idea fue instalar en cada una de las tres capitales del interior del país que va a visitar la exposición, una suma representativa de obras que dieran cuenta de esa fiesta de la pintura que él viene proponiendo desde hace años.
Me tocó disponer que era lo que íbamos a mostrar, con esa libertad de opción curaturial que siempre pretendemos y es tan difícil de conseguir, cuando el artista está presente y reclama el poder de decisión respecto a sus obras. Siempre he valorado esta confianza de Iturria en aquellos en quienes delega la presentación de su trabajo artístico, aunque en realidad, con el tiempo, me he ido convenciendo que es también porque a él le importa mucho más continuar trayendo pinturas al mundo, que atender al destino de su más que numerosa prole creativa.
Cuando llegué, decía, a seleccionar las obras, tenía bien claro que lo que me importaba mostrar era esa permanente disposición al juego pictórico, que es su mundo, su vida, cualquiera sea el soporte o el material de conformación tridimensional sobre el que se dispone a ubicarlo. La opción fue sencilla, se trataba de optar por unos cuantos ejemplos entre decenas de otros posibles, dando cuenta de esa diversidad de manejos técnicos, soportes, escalas, temáticas, con obras realizadas en distintos momentos de los últimos diez años, tomando en cuenta la posibilidad de armar un mundo coherente cuando entraran a convivir en un espacio de exhibición.
Antes de empezar a escribir este prólogo releí –como hago siempre- mis textos sobre la obra de Iturria- el primero para una muestra en Buenos Aires en 1990, el último para La Habana hace pronto diez años, así como varios otros, firmados por figuras de la crítica internacional, de críticos y escritores locales. El objetivo de este ritual es cada vez, a través del acuerdo y/o la discrepancia, lograr entrar otra vez en clima con la obra de un artista, y por qué no, reconocer por medio de una cita lo que otros colegas ya han elaborado.
Hubo una primera pintura, la de Cadaques de fines de los años setenta, una pintura
luminosa en la que se advierte que “lucha entre la pasión de crear y el virtuosismo del oficio”. Cuando vuelve a Montevideo, aborda a mediados de los años ochenta la etapa más sombría de su producción pictórica, a través de grandes espacios escenográficos, sobre cartón. No ha parado desde entonces de recorrer en todas direcciones el espacio pictórico.
“Hay un verdadero mundo Iturria, después se perciben los detalles. Un sistema cósmico con sus planetas, sus órbitas, su equilibrio propio según leyes siempre distintas y sin embargo en cierta medida fijas”, señaló Damián Bayón. “En sus escenarios se desarrolla el milenario espectáculo del hombre. Esa función que protagoniza el hombre a manera de marioneta: hace en la trama lo que puede, tiene en ella el papel que le ha tocado en suerte (¿) y lo juega con los instrumentos de que ha sido provisto”. escribió el crítico Albino Dieguez. “ El mundo de Ignacio Iturria se abre en múltiples visiones, se reproduce, se ríe, juega, se hace solemne y de inmediato bordea el grotesco, es ingenuo y casi metafísico, no se detiene, acumula, multiplica en una suerte de “ horror al vacío” que no posibilita el descanso o la indiferencia. ¿ representación del mundo o de su mundo?”, se preguntó el escritor uruguayo Hugo Achugar.
Han pasado los años y el mundo Iturria sigue siempre igual a sí mismo y siempre renovado. Es un mundo condensado en lo cotidiano, que rescata sensaciones y recuerdos, que incorpora el lenguaje de la historieta o del cine de animación, que mezcla los sucesos que ocurren a unos frágiles tipitos, con sus simultaneidades y su multiplicidad de dimensiones. Incorpora a su universo los ámbitos humanos por los que se mueve. Podría sin embargo no salir de su casa y taller.
Se vale del óleo, del acrílico, de las técnicas del grabado, trabaja con alambre, cartón, vidrio, piedra, latas, acude a las viejas madera de encofrado, al papel maché, reproduce viejos muebles, mete a sus personajes en los orificios, instala cada vez un espectáculo humano en cualquier soporte que se le cruce, y logra darle una dimensión fantástica, muchas veces festiva, en ocasiones angustiante, y por supuesto contradictoria. Crea cadenas afectivas que vinculan una propuesta pictórica con la otra, y permiten múltiples asociaciones. Por eso entiendo que su obra es pintura, y es también una permanente instalación, que al mover las piezas, da pie a multiplicar las combinaciones, para que se crucen, cada vez, lo cotidiano y lo mágico, de la mano de un artista que ha reconocido que: “Al principio me interesaba más que nada seducir en pintura, hoy en día yo prefiero enamorar.”


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Ignacio Iturria nace en Montevideo el 14 de abril de 1949. Es el mayor de seis hermanos, y pasa parte de su infancia en el Cordón, en una casa con patio de claraboyas, en la que su padre ha pintado escenas de sus antepasados y del país vasco. En 1955 la familia vive en Carrasco, Ignacio va a los “Christian Brothers”; pasa mucho tiempo en la casa dibujando, debido a sus crisis de asma, que desaparecerán con la adolescencia, cuando empieza a jugar al fútbol, y asiste al Liceo 15.

En 1965 conoce a Claudia. En 1969 ingresa a la Universidad del Trabajo del Uruguay para estudiar Dibujo Publicitario. Nelson Ramos, su profesor en esa Institución, lo estimula y él le lleva a menudo sus obras. Instala su taller en un galpón de la casa de los padres de Claudia, donde pasa todo el día pintando.
En 1970, en su primer y único trabajo como vendedor de autos, conoce a Enrique Voituret, su gran amigo, que se encargará durante años de comercializar su pintura. A mediados de los años 70 comienza a exponer en Montevideo, y a recibir premios en los salones oficiales. Se casa con Claudia en 1977, deciden irse a España, donde el maestro catalán Ramón Aguilar Moré les facilita establecerse en Cadaqués. Expone en ciudades y pueblos catalanes, vuelve a Uruguay en el verano de 1979, continúa viajando por España, Francia e Inglaterra.

Regresa a exponer en Uruguay en 1981, al año siguiente nace en Montevideo su hijo Ignacio. De regreso a España nace Catalina, en 1982. A fines de 1983 muere su padre, pocos meses después vuelven a Uruguay, donde nace María Antonia en 1985. Residen a partir de entonces en Montevideo, donde nace Sebastián en 1993, año en que terminan la construcción de un amplio estudio, en los fondos de lo que será su nueva casa, al lado de la Cooperativa donde vivían hasta entonces en Carrasco. Comienza el proceso de proyección internacional de su obra, viaja y trabaja en Estados Unidos, varios museos de Latinoamérica incorporan su obra a sus colecciones, recibe el premio al artista extranjero en el Salón Nacional de Buenos Aires en 1993, el Gran Premio de la Bienal de Cuenca en 1994, y representa a Uruguay en la Bienal de Venecia 1995, donde obtiene un Premio Especial. Un gran Premio en la Bienal de Grabado de San Juan de Puerto Rico en 1995, su participación en 1997 en “Lima: Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana” y en la Bienal de La Habana, las muestras del conjunto de su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes De Buenos Aires, en el Museo Rufino Tamayo de Ciudad de México en 1998, son algunos de los hitos de esta presencia internacional, que incluye exposiciones en Madrid y Valencia en 1999, y en París en el 2001.

A partir del 2003, Iturria decide mostrar su obra en varias ciudades del interior del Uruguay, en una experiencia que incluye talleres con la presencia del artista y la participación de Alfredo Torres como curador. Esta muestra itinerante continúa en los años 2004 y 2005, mientras el artista expone en Florida-EEUU-, y realiza una muestra en Canadá. La Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura organiza a fines del año 2006 una muestra de este artista en tres capitales del Interior, cuando este ha vuelto para pintar durante un año en Cadaqués, España.


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Querido amigo Miguel:
El otro día, limpiando el estudio me tiraron una caja grande en la cual había acumulado cientos de pomos vacíos de óleo y acrílico... Dentro del mundo práctico de la pintura el pintor vive cantidad de aventuras y se relaciona de forma particular con sus elementos de trabajo. Hay espátulas entrañables que se van desgastando hasta casi perder todo grosor; un día se quiebran y se podría decir que es casi un día de luto... Todo ese mundo lleva a pensar que esos tubos de óleo o acrílico que llegaron tan pulcros y elegantes van siendo manoseados y apretados hasta que sueltan todo su contenido, como si hubieran parido. Hace tiempo, usted sabe, que siento la necesidad de poner directamente la pintura, tal cual, sobre la tela... Cuando empecé a trabajar decididamente así, siempre me salían personajes con poca rigidez, frágiles pero compactos. Generalmente los personajes eran flacos y largos; apretando en forma intermitente salen como pelotitas o cabecitas... Empezaron a aparecer como huesitos, cabecitas, bracitos, pero como el brillo del acrílico me molesta, he dado veladuras oscuras que dan más la sensación de cuerpos, esqueletos o mucha gente apilada y desnuda, con un clima tétrico u orgiástico... He pensado mucho pero no es la oportunidad de hablar de esto; ahora lo que en realidad le quiero decir, con tanta palabra, es que no sé que títulos ponerles. Tal vez pondría después de haber hecho esta serie, que viva la vida; y que alguien con tiempo los imagine...”
Un fuerte abrazo
Ignacio
Fragmentos de una carta del 7 de junio a su marchand Miguel Kehayoglu, publicada en el catálogo de su exposición en el Museo José Luis Cuevas, en ciudad de México, 1994.


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“Cuando vivíamos en el Cordón, en una casa con patio de claraboya, de dos pisos, y en las paredes mi viejo había pintado escenas del país Vasco, de los antepasados, esa fue la primera impresión (de la pintura)... ese fue el primer contacto, pero el contacto más sustancial no fue con la pintura, es con la intimidad y es con el estar solo en un lugar... La actitud de ir a un lugar, pasarte horas contigo mismo en un lugar, arreglando cosas, cambiándolas de lugar, movilizándolas; creo que ahí hay un principio muy importante- para el encuentro contigo, que es lo más sustancial para poder trabajar porque en el fondo la soledad es la constante... hay un dicho que afirma que la soledad provocó a la pintura, que el insomnio provocó la cultura”...me ha cambiado muchísimo la idea de soporte también, que no necesariamente tiene que ser la tela y el soporte cuadrado... puede ser una maderita, puede ser en cualquier lado que utilice esos personajes... yo creo que si algún día alguien se tomara el trabajo de unir toda la pintura que yo hice, se puede hacer una historia o unirla en forma de historieta... se encontraría una historia donde podrías reconocer los mismos personajes en diferentes situaciones...
(todo ese conjunto de obras se transforma en una obra en sí misma) ...Sería la idea de un dominó más que de un rompecabezas... voy a coincidir con varios pintores que... se desesperan cuando se les llevan los cuadros... El cuadro sólo, aisladito en la pared, contiene cosas pero le faltan los hermanos, los parientes, toda una cantidad de antecedentes.”

Fragmentos de una entrevista realizada a Ignacio Iturria por Martín Castillo.
Catálogo “Ignacio Iturria. Presente y memoria de un taller”. Galería Sur. Verano de 1995.